Nadine Labaki recibió la complacencia del jurado popular y juvenil. Su 'Caramel' fue premiada dos veces. [Foto: ZINEMALDIA]
Todo el cine (im)posible
Zabaltegi volvió a ser el refugio perfecto para puñados de cineastas capaces de lo imposible.
Begoña del Teso | 01.10.2007
Un abismo separa Caramel de LŽhomme qui marche. El mismo que se abre, insondable entre Death at the Funeral y Soul Carriage. La distancia exacta que debemos recorrer entre el universo de Brick Lane y The Bird CanŽt Fly se mide en años luz. La niña que llama en Die Anruferin nunca hablará con el locutor negro de Talk to me y las hormigas rojas de las que habla Carpiaux en complicidad con una actriz sorprendente, Deborah François, no son las que David Lynch encontraba en los milimetrados jardines de sus vecinos. La muchacha graffitera de The Blue Hour nunca hará migas con la pija rubísima de Darling y Lucio jamás rendirá cuentas al policía que sufre en Ekko. Un gran desfiladero aparta Calle Santa Fé de El año de todos los demonios, un desfiladero en cuyo extremo máximo descubrimos LŽavocat du terreur. La Corea de The Show Must Go On no es/sí es la de Epitaph y no hay seres más distintos (y cercanos) que los que construyen La torre de Suso y los que vagan In the Valley of Elah, allá donde David derrotase a Goliat.
Son mil formas de entender el cine. De usarlo. De presentarlo. De compartirlo. Helado hasta la abrasión al Norte (Ekko, Darling, Perfomances) y chusco pero peleón hacia el Sur (Casual Day). Clásico en sus formas (Talk to me) o surreal e hiperbórico en las suyas (LŽhomme qui marche). Políticamente incorrectísimo (¿trapicheo de banderas en Foul Gesture!) y vitalmente asombroso (Meduzot, historias de soledad existencial rodadas sobre un celuloide gelatinoso cual cuerpo de medusas). Cine que algunos llamaron masónico, espiritual y entrañable (ese Cosmos hecho aquí mismo, entre las callejas y el Universo de la Parte Vieja donostiarra) y cine filmado contra una blancura que ciega la mirada (el pueblo semihundido en la arena nívea donde, quién y Barbara Hershey, ¿incuba huevos de avestruz!)
El público, cómplice
Cine que recuerda a otros cines. Cine que recuerda pinturas, corrientes estéticas e ideales éticos. Cine que no recuerda a nada que hayamos visto o conocido. Cine donde el director que gana la Concha de Oro se siente más libre, más puro, más vanguardista, más peligroso con su cámara y su historia (El Wayne Wang de The Princess of Nebraska, Zabaltegi, no es el Wang de A Thousand Years of Good Prayers, Oficial). Todo el cine imposible fue posible en Zabaltegi. Ese cine que se hace desde las tripas. Desde el nervio óptico. Desde el sistema nervioso. Cine que quizás nunca llegue a las pantallas grandes pero que se defenderá con uñas y dientes en las salas pequeñas que tanto amamos. Cine que, desde el compromiso, exige la misma entrega al espectador. No una complicidad ciega pero sí un despojarse de las vestimentas narrativas y formales en las que durante tanto tiempo hemos sido felices. Cine pobre, por supuesto. Pobre de dólares, riquísimo en sensualidad, en propuestas visuales, en su propia locura (Ploy). Cine que no se parece a ningún cine pero que ha bebido hasta la borrachera en las fuentes primeras del celuloide. Cine martillo cine metralleta cine bomba cine escudo cine que acaso pierda unas cuantas batallas (distribución, exhibición) pero que acabará ganando la guerra, cualquier guerra, (casi) todas las guerras.
Cine imperfecto a trancos. Cine imposible. Cine de Zabaltegi. Tan imperfecto e imposible pero tan real y rotundo como el visto en Horizontes latinos. Ese El baño del Papa que no reconoce ni Dios ni Amo. Ese Satanás inmundo y pecador. Cine de sangre iluminada, de bestias sin nombre y de hijos de los hombres (Jonás Cuarón, hijo del Alfonso Cuarón de Y tu mamá también, dirigía Año Uña). Cine que viaja por festivales y mercados en busca de un público. De su público. De un público sin límites.
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