Wang con sus 'Mil años de oración' se llevó una Concha de Oro sin discusión. [Foto: USOZ]
El año de Paul Auster y Wayne Wang
Un presidente estrella del jurado y un realizador sensible protagonizaron la parte cinematográfica de una edición con buen tono.
Mitxel G. G.| 01.10.2007
La edición número 55 del Festival Internacional de Cine de San Sebastián ya es historia. De ella, además del glamour, quedarán en el recuerdo otros aspectos que repasamos.
Notables. La calidad media de la Sección Oficial ha sido buena, con pocos pinchazos y un puñado de películas notables. Si, como la propia organización del Festival y muchos de nuestros lectores, seguimos ese barómetro de la crítica que es nuestra Quiniela DV, seis títulos superaron el 7 sobre 10 como nota media: Promesas del Este (David Cronenberg), Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf), Mil años de oración (Wayne Wang), Honeydripper (John Sayles), Padre nuestro (Christopher Zalla) y Mataharis (Iciar Bollain).
Reconocidos. La Sección Oficial reunía algunos nombres de cineastas conocidos con otros emergentes o por descubrir. En general, los cineastas reconocidos no han decepcionado. Wayne Wang se ha llevado la Concha de Oro, Cronenberg no ha ganado ningún premio pero sí buenas críticas y la película de John Sayles agradó. Acaso la representación española dio menos de la esperado. Iciar Bollain y sus Mataharis no respondieron a la alta expectación con que se les esperaba y Gracia Querejeta, pese a estar reconocida en el palmarés, tampoco entusiasmó.
Descubrimientos. Si una de las funciones de todo festival cinematográfico es descubrir nuevos talentos, apuntemos estos dos: Hana Makhmalbaf, iraní, 19 años, hija de cineasta y capaz de sacar chispas a una cámara y unos niños en Buda explotó por vergüenza. Pao Ho-Cheung, de Hong Kong, autor de una rareza entre el delirio y la fascinación, Exodus. Ambos fueron mencionados por el jurado en su fallo.
Austermanía. Si Julian Schnabel, como anfitrión de estrellas y con dos películas en Zabaltegi, ha sido casi omnipresente, Paul Auster ha dejado su huella como presidente estrella del jurado internacional. Presentó su última película fuera de concurso y su guión como libro en la Casa de Cultura de Okendo. Acabó abrazando a Wayne Wang, tras años de distanciamiento. Al margen de Richard Gere y el glamour, recordaremos esta edición como la de la austermanía.
Palmarés. Debiera ser lo normal pero es tan inhabitual que ha sido destacado como toda una noticia. El palmarés de la 55 edición ha sido bien acogido. Con la única mancha de olvidarse de David Cronenberg y sus Promesas del Este, es en general sensato y otorga el oro a una película sensible y premiable, Mil años de oración, de Wayne Wang.
Sesión de gala. Las estadísticas están para romperlas. Este año empezamos el festival advirtiendo de que las últimas cinco conchas de oro se habían concedido a películas programadas por la organización en las sesiones menos destacadas de mediodía y tarde. Mil años de oración ha roto la racha. Se proyectó el miércoles a las 9 de la mañana y 10 de la noche, con alfombra roja y en horario estelar. Bien es cierto que otras cintas destacadas por el jurado (Buda explotó..., La batalla de Haditza y Exodus) se vieron en el horario secundario de mediodía y tarde.
Música. Será que las artes cada vez convergen y se mezclan más, o por pura casualidad. El caso es que la edición de 2007 ha sido especialmente musical. Con los Fados de Carlos Saura y el Berlin de Lou Reed / Julian Schnabel. Con el blues como protagonista de Honeydripper y el pop de los Beatles, en Help! de Richard Lester, nombrado por los periodistas como el protagonista de la rueda de prensa más divertida del año.
Nórdicos. Que en Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia se está haciendo un cine interesante que va mucho más allá del movimiento Dogma ya lo sabíamos. Las 38 películas del ciclo Fiebre Helada han proporcionado una estimulante panorámica. La presencia de Liv Ullmann, Premio Donostia, y sus películas han completado un Zinemaldia muy nórdico.
Retrospectivas. El 55 Festival nos dio la oportunidad de redescubrir a un cineasta clásico a veces encasillado como director de género, Henry King, y a un desgarrado eslabón perdido en el cine francés, Philippe Garrel.
Espectadores. A falta de un balance más detallado, el Festival ha vendido en torno a las 110.000 entradas. El público sigue respondiendo a la cita anual con el cine y no pocos guipuzcoanos se organizan o guardan algunos días de vacaciones para pegarse un atracón de películas. Las nuevas tecnologías agilizan la venta de tickets, que en las sesiones más esperadas se agotan.
Plaza. El fin de las obras de la plaza de Oquendo y la instalación de una pantalla gigante revitalizó este espacio como eje festivalero. Los caza-autógrafos pronto supieron que otro cambio en el circuito era la recuperación de la puerta que da al paseo de la República Argentina como entrada principal del hotel María Cristina. El lugar donde esperar a Richard Gere.
Velódromo. Nuevas generaciones de escolares descubrieron el cine a lo grande en el Velódromo de Anoeta. Samuel L. Jackson casi lo llenó con el estreno de una película comercial, Cleaner. Sin embargo, la entrada flojeó con Los reyes del ártico. Acaso «la mayor pantalla de cine» precise nuevas propuestas, o viejas, si escuchamos a los cinéfilos que añoran los maratones de películas que se montaban antaño.
Victoria Eugenia. Era difícil concederle un nuevo papel a la vieja dama, al recuperado teatro Victoria Eugenia. Su menor aforo hizo que la dirección del certamen siguiese apostando por el Kursaal, dejando el teatro para estrenar las Perlas de Zabaltegi y para nuevas proyecciones de la Sección Oficial. Un papel secundario, aunque el traslado de los encuentros de Zabaltegi a la Sala Club del Victoria Eugenia hayan tratado de darle vida.
Movimiento. Al margen de la proyección de películas y el glamour, el Zinemaldia donostiarra sigue creciendo como cita profesional y mediática, como plataforma de continuas presentaciones, coloquios y eventos.
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